Nos decidimos por el alquiler de apartamentos en Edimburgo para conocer la vieja y verde Escocia de primera mano. El primer día resultó una preciosa jornada en la que disfrutamos comprobando que cada rincón de la ciudad esconde una historia de un fantasma del pasado, de una muerte sin culminar. Al anochecer, cuando regresamos a los apartamentos en Edimburgo, el tiempo se había tornado lluvioso y ventoso. Cada grupo se dirigió al suyo. Yo entré en mi acogedor apartamento y, cansada, empecé a prepararme un café caliente cuando todas las luces se apagaron. De repente comenzó a sonar un crujido, que poco a poco fue creciendo. El sonido parecía proceder de la puerta de entrada. Mis nervios estallaron cuando el crujido se convirtió en susurro. Descalza, fui acercándome hasta allí en silencio. El susurro mudó a lamento, “por favor, ayúdeme”, decía la voz, muy bajito. Temblando me acerqué a la puerta. El pomo se movía. La voz repitió su gemido. Con los pelos de punta no sé cómo me atreví a agarrar aquél pomo y girarlo, y la puerta se abrió despacio, con un crujido. Al otro lado se hallaba mi atractivo vecino de enfrente. Al iniciarse la lluvia había salido a comprobar el cuadro de luces. Se rió mucho al ver mi cara asustada. Le ayudé con su linterna, y tras arreglar el apagón le invité a café. Dicen que el amor es como los fantasmas, que mucha gente habla de él pero nadie lo ha visto, pero yo aquella tarde, en mis apartamentos Edimburgo, vi ambas cosas...